martes, agosto 17, 2010

Pierre:
Ya no me mandas mensajes por Facebook. Estoy harto de tener que perseguirte para sacar de tu boca frases como: está bien, vamos a pasear por el malecón, mientras las gaviotas sobrevuelan la bahía y se dejan caer velozmente al mar. Pierre, tú y yo ya no somos los muchachos del ayer: nuestros ojos se han salido de sus órbitas y nuestras panzas se han henchido. Pierre, he presentado tres libros en mi vida y las tres veces han sido un desastre. Tú lo sabes bien, estuviste presente en las tres ocasiones y por eso no puedo dejar de preguntarme qué es lo que hago aquí sentado, si en la mesa hay tres presentadores mucho más carismáticos que yo. Tú mismo eres un gran presentador de libros, Pierre. Yo, en cambio, no soy más que un tipo con pánico escénico.
No obstante, Pierre, acepté poner en riesgo la presentación de tu libro por varias razones. Solo mencionaré una, ya que las demás pueden resultar bastante obvias. Pierre, he leído y releído tus cuentos desde el mismo momento en que nos conocimos, en aquellas oscuras aulas de la Escuela de Escritura Creativa de la Católica. Ha pasado tiempo, ¿verdad, Pierre? ¿Cuánto? ¿Seis años? Entonces tenías el cabello muy largo, venías de vivir una temporada en el Brasil y contabas haber hecho un largo viaje en barco por todo el río Amazonas, rodeado de insectos, traficantes y piratas. Recuerdo que el primer día en que te vi, con tus lentes y pinta de Fito Páez, me enamoré de tu acento y de tu cara de idiota. Y me dije a mí mismo: “Vamos a invitarle un poco de marihuana, a ver si con eso se le quita esa sonrisa de reptil”. Fuiste la primera persona a la que le hablé en la escuela, por alguna razón encontré algo familiar en ti. Intuí que eras un buen tipo en el acto. En esa época, Pierre, tú no fumabas: eras un niño de 25 años. Aún así me acompañaste al parque y terminamos hablando de amor.
Aquella vez dijiste que no podías escribir si es que no estabas enamorado y yo te di la razón. Estar enamorado es confundir la noche con el día. Tú lo sabes muy bien, Pierre. Por eso en tu libro encuentro la esencia vital de aquello que nos ha empujado a estar juntos todos estos años. Pierre, tus cuentos me gustan tanto porque me veo reflejado en ellos. No es que reclame para mí alguna escena o algún personaje en alguno de los doce cuentos que conforman “Un hombre feo”. No, para nada. De eso no se trata. Lo que quiero decir es que están escritos con tal nervio y con tal honestad que al lector no le queda otra que sentirse plenamente identificado. ¿Cómo no sentir empatía por un tipo que le intenta decir a su novia: “¡no quiero que me conviertas en un maldito señor Coño!”, o por otro que le cambia a una señora muy gorda un libro llamado “Cómo ganar un millón de dólares” por “El principito”, manifiesto contracultural por excelencia, o a este otro que un día se despierta y dice: “a la mierda, voy a renunciar al trabajo”? Por lo menos, el 90% de todos aquellos que me precio de llamar amigos.
Así es, Pierre, tú y yo navegamos a contracorriente por un río que es la vida moderna, jugamos a no dejarnos opacar por las ideas aburridas que conlleva el hecho de vivir en este absurdo planeta, nos hemos dispuesto a no dejarnos aturdir y sin embargo nos aturdimos en exceso, con televisión, con películas piratas, libros misóginos, cómics, chocolates, drogas y alcohol, escribiendo como degenerados a la luz de las velas durante una noche que parece infinita. Pierre, ya no me dejas mensajes por Facebook ni me sueltas frases como: vamos a hacer de esta tarde un lugar especial para ti y para mí. Pierre, ya no me dejas tocar el acordeón cuando nos sentamos a tomar cerveza en el bar. Antes te gustaba el sonido melancólico de los instrumentos de viento que yo tocaba para alegrarnos el día, aquellas tardes estériles cuando caía por tu casa después de la universidad y me lamentaba porque me sentía feo y solo y una chica me había dejado. Entonces me ponía a tocar la flauta dulce y tú te alegrabas, y esa alegría se transformaba en humo de marihuana que luego se escapaba por la ventana de tu cuarto.
Tus cuentos son honestos, Pierre, eso ya lo dije. Tienen una fuerte carga emocional y por eso no me canso de escribir esta carta mientras miles de compromisos llaman y una fuerte gripe me somete. He leído el PDF de tus libros y puedo decir que me complace en considerar tu ópera prima como un libro divertido, inteligente, digno de leerse. Tus cuentos son largos y veloces como disparos al aire, y el sonido de estos disparos hace que me acuerde los viajes en el carro de Bruno, las interminables noches fumando marihuana y buscando el parque ideal, las veces que nos aturdimos porque alguien estaba aturdido, o las veces que nos pusimos lúcidos porque alguien estaba lúcido, y entonces todo era perfecto porque todos escribíamos y la vida no nos había ganado aún la partida. Nadie había perdido la pureza. Todos éramos vírgenes de espíritu. Éramos tremendamente infelices siendo inéditos mientras nos preparábamos para los próximos libros, tiempo en el que la vida con cogería desprevenidos y nos devoraría como el invierno se devora a sus animales.
Ya nadie incendia mi casa, Pierre, ya nadie se baña desnudo en mi piscina ni improvisa una orgía en el grill. Ya no hay explosivas fiestas de verano ni asuntos importantes que tengamos que tratar agazapados. Ya no hay nada de eso, pero tenemos un documento superior que lo precede. En tu libro están impresas todas esas historias que contaste alguna vez y las cuales yo me aprendí de memoria. Ahora faltan muchos libros más, Pierre, y eso es todo lo que quiero decirte al final de esta carta. Tengo dedos de olluco y una puta muerta escondida en el clóset. Tú en cambio tienes una docena de cuentos que se han vuelto libres esta noche y que correrán entre las mesas donde de encuentran sentados nuestros amigos. ¿Qué se hizo de tu polo con el poema de Eielson? Las noches como estas pueden ser tremendamente alegres y tristes, si lo piensas bien. ¿Hace cuánto que no nos emborrachamos? Ya nadie incendia mi casa, Pierre, ya nadie se baña desnudo en mi piscina. ¿Hace cuánto que no nos sentamos a conversar?
Pedro Casusol
14 de agosto de 2010

jueves, julio 08, 2010

11.10am.

Me sirvo una taza con manzanilla. Hace tiempo que no la tomaba: es dulce. Será que me he estado inclinando más por infusiones amargas. Recuerdo que a los diecisiete años tomaba mucha manzanilla. Iba a la universidad con un termo de donde tomaba manzanilla caliente. Tomaba manzanilla, hacía yoga y leía "Los vagabundos del Dharma". Ahora que lo pienso, todo era muy dulce en esa época. Un amigo del salón solía buscarme en el patio y me llamaba "el loco manzanilla".

miércoles, julio 07, 2010

Coca, keta y marihuana

viernes, junio 25, 2010

4.04pm.

Necesito hacer algo, debería hacer algo, quiero hacer algo pero hace mucho frío y el frío me inmoviliza.

domingo, junio 20, 2010

"I won't write my poem till I'm in my right mind."
Allen Ginsberg

martes, junio 01, 2010

11.18am.

He decidido que, en lugar pasar el día viendo películas de terror, voy a empezar a escribir. Creo que es una buena idea.

jueves, mayo 27, 2010